Desde el funeral del capo de capos, líder supremo del Cártel de Medellín, Pablo Escobar Gaviria, ocurrido en Medellín, Colombia, en diciembre de 1993, no había visto una movilización masiva como la que ocurre en Buenos Aires, Argentina, para rendir homenaje y expresar apoyo incondicional a otro líder del hampa: la líder suprema del Cártel de los Kirchner.
La convicta Cristina Fernández heredó el cargo de líder tras la muerte de su esposo, Néstor Kirchner, fundador de una de las dinastías criminales más sanguinarias y asquerosas de la historia de Argentina, solamente superada, en riqueza y atrocidades, por el Cártel de los Perón.
A pesar de los delitos cometidos y las atrocidades probadas, una parte del pueblo argentino continúa rindiendo honores a quienes los hundieron en la miseria. Se trata de una empatía patológica, sin duda, que muestra las claras diferencias entre los que se quedaron revolcándose en las desgracias del pasado y la mayoría que está dando el paso adelante, hacia el Renacimiento, lejos del crimen y de la plata fácil.
Pablo Escobar Gaviria tuvo todas las comodidades, todos los beneficios y todos los privilegios permitidos en una república bananera con un gobierno complaciente y cómplice con los criminales, que se erigen como símbolos de superación y éxito, porque emergen en medio de sociedades donde el delito es la única forma de ascenso social y de superación personal.
Pablo Escobar Gaviria escogía y adaptaba su lujoso lugar de reclusión, en el que se dedicó a recibir a celebridades de todos los perfiles y de todas las nacionalidades, porque él operaba como un líder mundial en la sombra. Recibía visitas, hasta de los miembros de la Selección Colombiana de fútbol, con los que jugaba en una cancha profesional que construyó en el jardín de su cárcel.
Los lugartenientes de Escobar que se habían quedado fuera de la cárcel, eran, a su vez, los administradores de las economías ilegales del Cártel de Medellín. Lo visitaban en señal de solidaridad, pero también para rendirle cuentas y demostrar que seguían administrando sus negocios (los de Escobar) de forma prolija, cumpliendo con todos los estándares de calidad y lealtad del hampa.
Luis Ignacio Lula da Silva, otro convicto —porque los exconvictos no existen, como no existen los exterroristas o las exmeretrices— visitó a Cristina Kirchner como si se tratara de una gran celebridad a la que se le visita para rendirle cuentas, y darle un panorama mundial de la situación real de las inversiones del Cártel de los Kirchner, ante la imposibilidad de Juan Grabois para hablar con los representantes del IOR en el Vaticano.
A Escobar Gaviria lo protegían sus sicarios más leales y sanguinarios, emulando a los faraones egipcios, que enterraban vivos a sus guardias junto a sus tumbas. A Cristina Fernández, viuda de Kirchner, la protege una guardia de honor importada desde Venezuela, parecida a la guardia de matones cubanos encargada de escoltar y “proteger” a Salvador Allende, que, dicen, fue la misma que lo asesinó a balazos, como se acostumbra en las organizaciones mafiosas en caso de una emergencia.
Hablando con un analista político local, me decía que, a pesar de la gran cantidad de pruebas que incriminan en múltiples delitos a dos de las principales figuras de la extrema izquierda radical —Juan Grabois y Axel Kicillof—, los dejaron seguir delinquiendo en paz, en vez de capturarlos y dejarlos pudriéndose en una celda. ¿La razón? Temen que, si caen presos, de inmediato se transformen en íconos del relato revolucionario: mártires perfectos para la causa criminal.
Los Progresistas argentinos padecen serios síntomas de hibristofilia, esa extraña parafilia que los hace desarrollar una sórdida empatía amorosa con los criminales más sanguinarios. Por ejemplo, profesan un profundo amor por el gángster convicto Elian Ángel Valenzuela, alias “L-Gante”, que se extiende a su concubina, Wanda Nara, conocida por llevar una vida escandalosa y desordenada que la convierte en el centro de atención nacional.
La jefe de una banda de criminales, Morena Rial (hija del periodista Jorge Rial), despierta admiración dentro del progresismo argentino y entre periodistas tradicionales, acostumbrados a vivir del robo generalizado al pueblo argentino. La presentan como una madre ejemplar. Pero ella roba con su hija en brazos, usándola como escudo para evitar ser encarcelada.
La momia de Eva Perón, la tumba de Néstor Kirchner y la imagen del ‘Che’ Guevara, han sido objeto de un culto amoroso y enfermizo por parte del Progresismo argentino: una mezcla patológica de hibristofilia y necrofilia, como tantas otras enfermedades mentales y del alma que padecen los progresistas del mundo.


