El miércoles 24 de septiembre, Libertad y Progreso reunió en el Loi Suites Hotel Recoleta a dos voces de peso en el análisis nacional: Emilio Ocampo y Sergio Berensztein. El encuentro tuvo un eje claro: discutir qué panorama político y económico espera a la Argentina después de las elecciones legislativas que se celebrarán el domingo 26 de octubre.
Berensztein abrió el debate con un diagnóstico crudo sobre la fragilidad del gobierno y los errores de planificación electoral. Señaló que la comunicación oficial, otrora una de las principales fortalezas de Javier Milei, se ha convertido en un flanco débil. Gobernar –advirtió– no es lo mismo que hacer campaña: el estilo confrontativo y las narrativas épicas del ajuste deben dar paso a una comunicación más estratégica, que muestre resultados concretos y convoque a consensos. En su visión, el gobierno debe enviar señales claras de que el modelo que impulsa no es para una élite, sino para toda la sociedad.
La cuestión de la coalición política también ocupó un lugar central. Berensztein insistió en que, si Argentina busca un realineamiento geopolítico con Estados Unidos, no bastará con acuerdos de cúpula: se necesitará un entramado político, social y económico capaz de sostener ese viraje histórico. A su juicio, la tarea exige tanto pragmatismo como generosidad, recordando la lección de la Primera Guerra Mundial: ganar sin humillar, integrar en lugar de excluir.
Por su parte, Emilio Ocampo aportó una mirada más estructural. Subrayó que la oportunidad actual es extraordinaria, pero que no servirá de nada si se insiste en hacer “más de lo mismo”. Retomando sus trabajos sobre la historia económica argentina, recordó que sin una moneda estable no hay posibilidad de crecimiento sostenido. Para Ocampo, la dolarización –formal o de facto– no es una utopía, sino el reconocimiento de una realidad que la sociedad ya adoptó.
“Argentina es un país de oportunidades perdidas”, dijo, recordando cómo en distintas coyunturas históricas se dilapidaron reservas, se desaprovecharon ciclos favorables y se repitieron errores. Hoy, sin embargo, la combinación de apoyo internacional y voluntad de cambio del electorado abre una ventana única.
El tono general del encuentro fue de alerta y esperanza a la vez: alerta porque la política argentina parece empeñada en tropezar con las mismas piedras, esperanza porque, a pesar de todo, existe una oportunidad de quiebre histórico.
En definitiva, la conclusión compartida fue que el verdadero desafío no está en ganar elecciones, sino en gobernar con visión de largo plazo. Comunicar mejor, ampliar consensos, estabilizar la moneda y proyectar un modelo de desarrollo inclusivo no son tareas menores: son, en realidad, las condiciones mínimas para que Argentina deje de ser el eterno país de la promesa incumplida y empiece a convertirse en una nación previsible, estable y próspera.


