Pandemia global. Ascenso del proteccionismo. Conflictos entre estados y al interior de los estados. Gobiernos de corte autoritario.
No es necesariamente una descripción de los tiempos que estamos atravesando, aunque también, sino de las características del llamado periodo Entreguerras, que tuvo lugar hace exactamente un siglo.
En esos momentos, hubo lo que yo llamo un “retorno del Estado”, como está sucediendo en la actualidad. La pregunta es a qué se debe. En ambos casos, esto se explica por cambios en la forma de entender la realidad, de las ideas individuales y compartidas.
Hace un siglo, entre muchas otras causas, esto estuvo estimulado por el entorno de guerra que representó la Primera Guerra Mundial. También, aunque de esto no he visto ningún estudio, por la pandemia denominada Gripe Española. En la actualidad, se puede explicar por la crisis de 2008 y sus efectos, así como por los problemas de seguridad que se han incrementado y por los efectos de la pandemia que nos afectó.
Para entender los cambios debemos aceptar tres argumentos. Primero, los criterios objetivos, los hechos puntuales, no tienen la capacidad explicativa absoluta porque en primer lugar habría que explicar antes por qué ellos tuvieron lugar.
Segundo, vale la pena notar que ambos periodos fueron antecedidos por etapas de profundización de la globalización. La última parte del siglo XIX, así como la del XX, representaron momentos de optimismo, expansión del comercio global, de la movilidad de mano de obra, reducción de las restricciones comerciales y de inversiones, limitación de la intervención de los estados en la economía y en otros ámbitos.
Tercero, lo determinante en el “retorno del Estado” se encuentra en las ideas individuales y compartidas. El problema no es el comercio, sino la interpretación que se hace de él. El problema no son las pandemias, sino el terror que generan y las alternativas de solución o los mecanismos para enfrentarlas que se consideran adecuadas.
Si este último punto es correcto, habría que decir que lo que encontramos en la actualidad, se debe a la interpretación de los fenómenos a los que nos enfrentamos.
Desde los procesos de liberalización de los años 80 y 90 del siglo pasado, se difundieron ideas que consideraban la globalización resultante como un fenómeno absolutamente indeseable. Se decía, como si fuera una verdad, que los “ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres”.
Se creyó, sin ser cierto, que los estados habían desaparecido completamente de la acción económica. Esto hizo que se ignorara cómo las intervenciones seguían distorsionando incentivos, indicadores, información, señales y, por lo tanto, las acciones y decisiones. Por esto, se asumió que las crisis financieras, causadas por, por ejemplo, equivocadas decisiones gubernamentales en política monetaria eran en realidad generadas por la “ambición” o la “codicia”.
Esto, a su vez, impulsó nuevos consensos sobre los “problemas” más graves y la forma de resolverlos. Sobre lo primero, la desigualdad se convirtió en la obsesión global. Autores como Thomas Piketty, se convirtieron en bestsellers. Sobre lo segundo, obvio, la solución era por políticas de redistribución impulsadas por los gobiernos. La envidia se convirtió en el criterio de interpretación.
Pero como los gobiernos no impiden, sino que estimulan, la desigualdad del peor tipo, del que no se puede resolver, porque depende de las decisiones de políticos y burócratas, se generaron más frustraciones y fuentes de indignación.
Esto permitió el ascenso de políticos que se presentaban (y se presentan) como los salvadores, los que tenían (y tienen) todas las respuestas, como los verdaderos representantes del “pueblo”. Claro está que este tipo de líderes suelen considerar que las restricciones institucionales que limitan su capacidad de acción son indeseables y meras obstáculos impuestos por sus enemigos. Sus seguidores los apoyaron (y apoyan). Hace un siglo esto dio lugar a gobiernos autoritarios y totalitarios. Hoy los llamamos populistas.
Y llegó la pandemia. No pudo haber un momento más inoportuno.
Una enfermedad que no sabíamos bien en qué consistió ni cómo enfrentarla, ni sus efectos, generó pánico. En esos momentos, los seres humanos queremos ser protegidos. Y, obvio, nos refugiamos en los estados. Aceptamos todo lo que estos quisieran imponer y hacer. Es más, lo exigimos.
Ahora se están viendo las consecuencias, por ejemplo, en inflación, y aún así se sigue creyendo que son los mismos estados los únicos que pueden resolver los problemas, a pesar de haber sido los que los crearon.