El mercado es un proceso de cooperación social en el cual se intercambian voluntariamente derechos de propiedad. El precio es la pieza de información clave mediante la cual los agentes determinan el nivel óptimo de ese intercambio voluntario. Es decir, aquellas empresas que no logren producir un bien o servicio en niveles de precio que los consumidores demanden, irán a la quiebra y ese mercado será captado por la competencia o bienes sustitutos. Partimos esta lógica de acuerdo con el modelo subjetivo de precios también conocido como teoría de la imputación de Menger. Pero los precios no son fijos, sino que forman parte de proceso dinámico y a veces el precio no refleja el valor real del bien u activo (Precio ≠ Valor). Tal como señalaba Albert Alchian “todo lo que es, es óptimo, porque de lo contrario sería diferente. Es más, si a Usted no le gusta algo y lo quiere cambiar también es óptimo”. La especulación es justamente esto, entender que el precio al cual está operando cierto bien u activo no es el incorrecto, pero tampoco es incorrecto considerar ese precio es equívoco con respecto a su valor intrínseco real.
Los especuladores actúan directamente sobre los precios, intentando obtener grandes cantidades de stock (ya sea de acciones, granos u otros títulos de propiedad) cuando éste sea bajo para una posterior venta luego de una apreciación (o viceversa, es decir, venden cuando está caro y recompran luego de una caída en el precio). De esta manera logran dar liquidez al sistema y más importante, reducir la volatilidad de los precios. Esto último es muy importante dado que la volatilidad es muy dañina en general para cualquier mercado. Por ejemplo, una reducción significativa de los precios de soja por un período prolongado podría llevar a la bancarrota a miles de agricultores. O mismo una empresa cotizando a valuaciones bajas, aunque sea por un período corto de tiempo, podría apartarla del mercado de crédito destruyendo su capital de trabajo. Otro ejemplo visto desde el lado del consumidor podría ser una suba temporal en los precios de la energía, dejando a los consumidores sin un servicio esencial para la vida cotidiana. En este último ejemplo los especuladores actuarían inyectando oferta al mercado con stock previamente acumulado, empujando los precios a la baja.
Toda esta destrucción generada (ya sea en productores o consumidores) tiene efectos sobre otros sectores de la economía y como sabemos que la destrucción no genera valor, los especuladores actúan como benefactores sociales dándole un “piso” (o “techo”) al precio, donde ellos entienden que el valor intrínseco del mismo es mayor (o menor) al cual opera en el mercado en ese momento dado. Es decir, los especuladores son la solución privada para aquellos bienes, mercados u activos que sufren una mala asignación del capital de forma temporal, cuya mala asignación si se prolonga en tiempo puede consecuencias negativas en la economía en su conjunto.
Cuando hablamos de “benefactores sociales” por supuesto que no nos referimos a beneficencia, sino que son benefactores dado que su rol promueve el buen funcionamiento del mercado. Es lógico que la contractar de absorber ese riesgo sea un potencial beneficio por la diferencia entre precio de compra y venta (o bien la ganancia a través de una tasa de interés). Es justamente esa oportunidad de beneficios lo que los impulsa a actuar, posterior a un análisis conforme a la experiencia e información que tienen y serán ellos los únicos que tendrán que pagar la cuenta si incurrieron en un error.
¿Entonces, por qué se descalifica a los especuladores justamente cuando éstos son una pieza fundamental en la economía?
Esta descalificación proviene de la lógica estatista-intervencionista que propone usar al Estado como formador de precios, evitando que el mercado se regule sólo y a la postre generando interferencias en la información más relevante en el proceso de toma de decisión de los agentes, que es el precio. Un claro ejemplo es lo ocurrido en Argentina durante la presidencia de Fernández, dónde se impuso un precio máximo al barril de petróleo, también conocido como “barril criollo”, generando desabastecimiento en los surtidores. La fatal arrogancia de aquellos que proponen intervencionismo es considerar saber los precios de equilibrio de determinados bienes (y de forma intertemporal) ignorando que es un proceso dinámico de descubrimiento y asumiendo a los especuladores como “timberos”, sin darse cuenta de que éstos últimos son la única solución posible a las fluctuaciones. No sólo que los estatistas son altamente arrogantes, sino que también son completamente inmorales proponiendo que toda una sociedad se tenga que hacer cargo de los riesgos del negocio ajeno, financiando con impuestos subvenciones estatales, créditos riesgosos o mismo pagando precios más caros en las góndolas (precios mínimos) o con desabastecimiento (precios máximos)
En conclusión, los especuladores existen porque ellos entienden que existe la posibilidad de beneficio. Pero ese incentivo que los impulsa a actuar termina siendo fundamental para la supervivencia de muchos sectores de la economía donde los precios no están reflejando el verdadero valor, en un momento dado. Y como una economía no puede funcionar bien con una constante destrucción de capital, los especuladores son una pieza indispensable para el crecimiento económico y el progreso de la sociedad.